Cultura General

viernes, 03 de octubre de 2008

El paseante solitario en Buda

El paseante solitario en Buda

By: Pablo Lerner

La figura del paseante solitario en la ciudad, disfrutando del anonimato y el movimiento urbano, tiene cierta completud. No pensamos: “Qué paseante?”, “Qué ciudad?”, “Cuál es la relación entre ellos?” Imaginamos al paseante como un hombre desprejuiciado en busca de solaz, saliendo al encuentro de la ciudad indiferente, también ella desprejuiciada. Sin embargo, para entender a Imre Kertesz como paseante solitario en Budapest (en rigor, como paseante en Buda, la parte de la ciudad que se encuentra al oeste del Danubio) debemos hacernos esas tres preguntas. Y responder, algo esquemáticamente: El paseante solitario es un judío, la ciudad es una ciudad gentil, y la relación entre ellos es de hospedaje, es decir, de extranjería.

Esta extranjería no es sociológica: no hay ninguna oposición entre las palabras "judío" y "ciudad". El judío "rima" con la condición urbana por su actividad mercantil y profesional, en oposición a la condición rural y suburbana de la nobleza y el campesinado. Se trata, en cambio, de una extranjería nacional y civilizacional. Una extranjería no revocable ni por tasa de nacimiento (una ciudad gentil puede tener mayoría judía), ni por permanencia (el paso de las generaciones no altera la extranjería), ni por poder económico (ni la compra de la tierra y ni la compra de la alcurnia pueden modificar la no propiedad y la no pertenencia).

En el caso de Budapest, donde una cuarto de la población era judía antes de la Segunda Guerra Mundial, la presencia de nuestro pueblo se daba fundamentalmente en Pest (en la margen oriental del Danubio). A grandes rasgos (y por sobre todo en los pequeños rasgos), Pest es llana, judía, comercial y progresista, mientras que Buda tiene colinas, es gentil, residencial y conservadora. La novela del gentil Sándor Marai, "Divorcio en Buda", es una buena pintura de la división social (y nacional) entre Buda y Pest en el período de entreguerras, una división que mantiene gran parte de su valor hoy en día. Vale recordar que Buda y Pest eran ciudades diferentes, y sólo se unificaron en 1873.

Kertesz pasó algún tiempo en un departamento modesto en Pest, pero vivió la mayor parte de su vida en otro departamento, más antiguo, en Buda. Lo que resulta significativo es que, incluso cuando vive en Pest, Kertesz sólo pasea por Buda. Le repelen los edificios llenos de hollín y el gentío de Pest, y en cambio le atraen la calma, los caserones, las suaves colinas de Buda. Sobre todo, el carácter suburbano y gentil de Buda dificulta la eventualidad del encuentro social, y le garantiza a Kertesz el anonimato. Al elegir Buda, Kertesz elige la soledad.

No quisiera analizar demasiado la misantropía de Kertesz. Basta decir que él era un sobreviviente de Auschwitz en un país preponderantemente antisemita, y que había decidido concentrarse en su trabajo literario como forma de reconstrucción personal. Si esquivaba lo que llamamos (con arrogancia) "la vida" -a falta de mejor término para la sociabilidad- lo hacía no por melancolía sino por deseo de afirmación personal, y en última instancia, por apego a la vida. Por otra parte, qué posibilidad de socialización tenía? Como sobreviviente en un país que no quería afrontar su responsabilidad en el crimen, Kertesz sabía que su sola existencia era algo anómalo y hasta injuriante. Entendía que él era alguien "que debía estar muerto" y aprovechó esa condición para retirarse, sabiendo que no preguntarían por él.

De esta manera, Kertesz pasó su vida alternando trabajo solitario (escritura, traducción) y paseos solitarios. Anotados en sus diarios, estos paseos -generalmente crepusculares- son de tres tipos. En primer lugar están aquellos por los barrios de casonas de Buda. No son paseos de observación sino de reflexión, y sirven como pausa en el trabajo. No suscitan descripciones: Kertesz se limita a mencionar las calles, anotar pensamientos y hacer breves referencias a su estado de ánimo. Estos estados son a menudo de angustia, y sin embargo, los diarios dejan la sensación de que estos paseos -junto con las visitas a la piscina- alivian la propia angustia descripta, y reestablecen de algún modo el ritmo de vida y de trabajo del escritor.

En segundo lugar están los paseos por la campiña, cuando el escritor se encuentra en la residencia de campo para escritores en Szigliget, cerca del lago Balaton. Allí disfruta de las flores y de los pájaros, del silencio y del aire fresco. Pero disfruta más que nada de pensar y de escribir, de caminar y de anotar encuentros casuales e intrascendentes que le sugieren reflexiones. También allí a menudo está angustiado. Pero nunca siente que pierda el tiempo, o que haya algo "más urgente" por resolver. Sabe que ha emprendido una tarea (la de escribir) cuyo precio es la vida misma, que los lugares y los momentos no modifican su situación básica de soledad existencial, y que los colores y los paisajes no son peores compañeros que la gente.

Por último, están los paseos por el extranjero (si es que esta palabra tiene algún sentido para un judío). No son muchos. Por un lado está Viena. Allí, Kertesz se encuentra a gusto tomando sol en el Volksgarten, cuando lo asalta la angustia de tener que volver a Budapest. Viena se le aparece como sinónimo de "civilización", una civilización que él se ha perdido por negligencia propia o por capricho del destino. La propia palabra "Viena" parece ser una ¨palabra mágica", que cobra sentido sólo en relación a la palabra "Budapest". Tanto en el cuento "Expediente" como en los diarios, nos encontramos con la polaridad Budapest-Viena, que sería la polaridad entre Oriente y Occidente, Opresión y Libertad, Suciedad y Limpieza. De más está decir que para los "compatriotas"de Kertesz, que han sido primero oprimidos por los austriacos y luego debieron secundarlos a regañadientes en el Imperio, estas ideas no resultan motivo de festejo.

Por otro lado está Alemania. Lo primero que debemos aclarar es que "Alemania" no es para Kertesz sinónimo de "Auschwitz". "Alemania" es un país, mientras que "Auschwitz" es una experiencia, y una marca. Kertesz pasea por Alemania, para nuestra sorpresa, sin suspicacia y sin odio. En Dresde (en la entonces Alemania del Este), donde Kertesz estuvo becado, el paseo se centra en la observación del semblante de la gente y la reflexión acerca del hombre bajo el sistema comunista. En Weimar, cercana al campo de concentración de Buchenwald (en donde el escritor estuvo prisionero) el marco es pensar acerca de su condición de sobreviviente de los campos. Tanto en Dresde como en Weimar encontramos al paseante Kertesz relativamente relajado, dueño de su tiempo y de las distancias. Esto es llamativo, si pensamos en la oscuridad de sus cavilaciones. En contraste, Berlín le parece "monstruosa y sofocante". Es evidente que Kertesz tiene una afinidad natural por las ciudades pequeñas y medianas, que son, como los suburbios arbolados de Buda, plausibles de ser recorridas en tiempos predecibles y cortos, y que permiten al paseante "recortarse" del paisaje, no perderse en él. Como dijimos, a Kertesz le repele la multitud, y en eso se diferencia del ‘flaneur’ parisino de Baudelaire, el paseante en la gran ciudad en busca de la "experiencia de la urbe".

Pero hay dos paseos en donde por diferentes razones Kertesz se permite un acercamiento más emotivo al entorno. Uno es por Auschwitz (en calidad de turista, años después de haber estado allí como prisionero) y el otro es por Tel Aviv. El primero está ficcionalizado en el relato "El buscador de huellas". Aparentemente, este paseo se diferenciaría de lo otros que mencionamos por el hecho de que el paseante, ya desde el título, "busca" algo. Como lectores, estamos listos desde el vamos a tomar el regreso de un sobreviviente a un campo de concentración con total seriedad y dramatismo. En realidad, la "búsqueda" es un pretexto para un genuino paseo, realizado con curiosidad y casi con alegría. Aparece aquí una triple ironía: En primer lugar, Kertesz no menciona en todo el relato la palabra del millón, Auschwitz. En segundo lugar el relato revela la paradoja del turismo a los campos. Y en tercer lugar, se exhibe la propia paradoja de Kertesz, que en Auschwitz se siente -literalmente- en casa.

Pero creo que el segundo paseo en el que Kertesz pierde la distancia intelectual, el paseo por Tel Aviv (incluido en "Yo, Otro"), es el más interesante desde el punto de vista del desarrollo de la figura del "paseante Kertesz". Veamos: el escritor viaja a Israel. En Jerusalém, visitando Mea Sharim bajo la guía de su amigo Aarón Appelfeld, se siente extranjero. Lo desconciertan los religiosos y el propio Appelfeld, porque el escritor jerosolimitano, también sobreviviente y también centroeuropeo, parece sentirse uno más entre los ultraortodoxos. Kertesz mantiene la distancia y llega a la conclusión de que él es "un judío diferente".

En Tel Aviv, en cambio, el escritor se siente fascinado por la vida del lugar, por el mar, por el hedonismo. Su tono cambia: se vuelve más alegre, menos distante. Es la primera vez que Kertesz parece querer imbuirse del afuera y experimentar el lugar en su totalidad. Le atraen la gente, el sol, y también la arquitectura en estilo Bauhaus propia de Tel Aviv. Le gustan las casas cubiculares que ve por doquier, que destilan un racionalismo antiorientalista muy de su gusto, y que le recuerdan al barrio de Ujlipotvaros, el distrito de Budapest de la clase media-alta judía. El paseo de Kertesz por Tel Aviv no desemboca en ninguna revelación sionista, pero deja un sabor dulce en el lector judío, y sorprende por su emotividad.

Ahora bien: Sin quitarle méritos a Tel Aviv, podemos preguntarnos por esta emotividad inédita en Kertesz. Como dijimos, el tono alegre y laudatorio no tiene antecedentes en los diarios del autor. Parece provenir del simple hecho de que por primera vez Kertesz, el paseante judío, pasea por una ciudad judía (por la primera ciudad enteramente judía en dos mil años). Una ciudad cuyos puntos de orientación no son catedrales, cuyas calles no llevan nombres de santos cristianos, y donde, si lo quisiera, el propio Kertesz podría residir legalmente. Él ni siquiera se lo plantea, se sabe de paso. Pero aún aceptando la transitoriedad de su estadía, es evidente que camina por Tel Aviv deseando el encuentro, social y sensual. Exactamente al revés que en Budapest.

Este cambio de humor en un escritor judío al pasear por una ciudad judía, nos lleva a pensar que la relación entre el judío y la ciudad gentil tal vez no sea mejor que la relación entre el judío y el gentil propiamente dicho. La ciudad gentil, con su sistema de signos e instituciones nacionales y religiosas ajenas a los judíos, no es -como nos gustaría- un lugar simbólicamente "apropiable". La presencia de una o diez sinagogas no cambia el hecho de que la ciudad gentil, incluso en su aparente carácter multiforme, tiene una lógica urbanística y semiótica comunitaria cuyos basamentos últimos son nacionales y civilizacionales. En el caso de Budapest, la nación es la nación húngara, y la civilización, la Cristiandad.

Creo que Kertesz no ignoraba este hecho, pero había puesto la suficiente distancia entre él y el mundo que lo rodeaba como para poder pasear por Buda -el corazón de la sociedad gentil- sin pausa y sin prisa, utilizando el paisaje para su conveniencia, es decir, para poder pensar. No intentó crear una cartografía "judía" para Budapest (conformada quizás por las calles adyacentes a la Sinagoga de la calle Dohány, en Pest, o hecha de cafés y librerías de viejo). No esperaba nada de la ciudad gentil, y al salir a pasear, no iba al encuentro de nadie. Tal vez por eso sus paseos nunca lo frustraban, y terminaron funcionando como un contrapeso vivificante para su reclusión de escriba y su aislamiento social.

Imre Kertesz paseó por Buda durante cuarenta y cinco años, después de los cuales, con su obra ya terminada, se fue de paseo a Tel Aviv por unos días.


Publicado por fpaya @ 20:56 | Colaboradores | 0 Comentarios | Enviar

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