By:
Pablo Lerner
Esta extranjería no es sociológica: no hay
ninguna oposición entre las palabras "judío" y "ciudad". El judío
"rima" con la condición urbana por su actividad mercantil y
profesional, en oposición a la condición rural y suburbana de la
nobleza y el campesinado. Se trata, en cambio, de una extranjería
nacional y civilizacional. Una extranjería no revocable ni por tasa de
nacimiento (una ciudad gentil puede tener mayoría judía), ni por
permanencia (el paso de las generaciones no altera la extranjería), ni
por poder económico (ni la compra de la tierra y ni la compra de la
alcurnia pueden modificar la no propiedad y la no pertenencia). En el caso de Budapest, donde una cuarto de la
población era judía antes de la Segunda Guerra Mundial, la presencia de
nuestro pueblo se daba fundamentalmente en Pest (en la margen oriental
del Danubio). A grandes rasgos (y por sobre todo en los pequeños
rasgos), Pest es llana, judía, comercial y progresista, mientras que
Buda tiene colinas, es gentil, residencial y conservadora. La novela
del gentil Sándor Marai, "Divorcio en Buda", es una buena pintura de la
división social (y nacional) entre Buda y Pest en el período de
entreguerras, una división que mantiene gran parte de su valor hoy en
día. Vale recordar que Buda y Pest eran ciudades diferentes, y sólo se
unificaron en 1873. Kertesz pasó algún tiempo en un departamento modesto
en Pest, pero vivió la mayor parte de su vida en otro departamento, más
antiguo, en Buda. Lo que resulta significativo es que, incluso cuando
vive en Pest, Kertesz sólo pasea por Buda. Le repelen los edificios
llenos de hollín y el gentío de Pest, y en cambio le atraen la calma,
los caserones, las suaves colinas de Buda. Sobre todo, el carácter
suburbano y gentil de Buda dificulta la eventualidad del encuentro
social, y le garantiza a Kertesz el anonimato. Al elegir Buda, Kertesz
elige la soledad. No quisiera analizar demasiado la misantropía de
Kertesz. Basta decir que él era un sobreviviente de Auschwitz en un
país preponderantemente antisemita, y que había decidido concentrarse
en su trabajo literario como forma de reconstrucción personal. Si
esquivaba lo que llamamos (con arrogancia) "la vida" -a falta de mejor
término para la sociabilidad- lo hacía no por melancolía sino por deseo
de afirmación personal, y en última instancia, por apego a la vida. Por
otra parte, qué posibilidad de socialización tenía? Como sobreviviente
en un país que no quería afrontar su responsabilidad en el crimen,
Kertesz sabía que su sola existencia era algo anómalo y hasta
injuriante. Entendía que él era alguien "que debía estar muerto" y
aprovechó esa condición para retirarse, sabiendo que no preguntarían
por él. De esta manera, Kertesz pasó su vida alternando
trabajo solitario (escritura, traducción) y paseos solitarios. Anotados
en sus diarios, estos paseos -generalmente crepusculares- son de tres
tipos. En primer lugar están aquellos por los barrios de casonas de
Buda. No son paseos de observación sino de reflexión, y sirven como
pausa en el trabajo. No suscitan descripciones: Kertesz se limita a
mencionar las calles, anotar pensamientos y hacer breves referencias a
su estado de ánimo. Estos estados son a menudo de angustia, y sin
embargo, los diarios dejan la sensación de que estos paseos -junto con
las visitas a la piscina- alivian la propia angustia descripta, y
reestablecen de algún modo el ritmo de vida y de trabajo del escritor. En segundo lugar están los paseos por la campiña,
cuando el escritor se encuentra en la residencia de campo para
escritores en Szigliget, cerca del lago Balaton. Allí disfruta de las
flores y de los pájaros, del silencio y del aire fresco. Pero disfruta
más que nada de pensar y de escribir, de caminar y de anotar encuentros
casuales e intrascendentes que le sugieren reflexiones. También allí a
menudo está angustiado. Pero nunca siente que pierda el tiempo, o que
haya algo "más urgente" por resolver. Sabe que ha emprendido una tarea
(la de escribir) cuyo precio es la vida misma, que los lugares y los
momentos no modifican su situación básica de soledad existencial, y que
los colores y los paisajes no son peores compañeros que la gente. Por último, están los paseos por el extranjero (si es
que esta palabra tiene algún sentido para un judío). No son muchos. Por
un lado está Viena. Allí, Kertesz se encuentra a gusto tomando sol en
el Volksgarten, cuando lo asalta la angustia de tener que volver a
Budapest. Viena se le aparece como sinónimo de "civilización", una
civilización que él se ha perdido por negligencia propia o por capricho
del destino. La propia palabra "Viena" parece ser una ¨palabra mágica",
que cobra sentido sólo en relación a la palabra "Budapest". Tanto en el
cuento "Expediente" como en los diarios, nos encontramos con la
polaridad Budapest-Viena, que sería la polaridad entre Oriente y
Occidente, Opresión y Libertad, Suciedad y Limpieza. De más está decir
que para los "compatriotas"de Kertesz, que han sido primero oprimidos
por los austriacos y luego debieron secundarlos a regañadientes en el
Imperio, estas ideas no resultan motivo de festejo. Por otro lado está Alemania. Lo primero que debemos
aclarar es que "Alemania" no es para Kertesz sinónimo de "Auschwitz".
"Alemania" es un país, mientras que "Auschwitz" es una experiencia, y
una marca. Kertesz pasea por Alemania, para nuestra sorpresa, sin
suspicacia y sin odio. En Dresde (en la entonces Alemania del Este),
donde Kertesz estuvo becado, el paseo se centra en la observación del
semblante de la gente y la reflexión acerca del hombre bajo el sistema
comunista. En Weimar, cercana al campo de concentración de Buchenwald
(en donde el escritor estuvo prisionero) el marco es pensar acerca de
su condición de sobreviviente de los campos. Tanto en Dresde como en
Weimar encontramos al paseante Kertesz relativamente relajado, dueño de
su tiempo y de las distancias. Esto es llamativo, si pensamos en la
oscuridad de sus cavilaciones. En contraste, Berlín le parece
"monstruosa y sofocante". Es evidente que Kertesz tiene una afinidad
natural por las ciudades pequeñas y medianas, que son, como los
suburbios arbolados de Buda, plausibles de ser recorridas en tiempos
predecibles y cortos, y que permiten al paseante "recortarse" del
paisaje, no perderse en él. Como dijimos, a Kertesz le repele la
multitud, y en eso se diferencia del ‘flaneur’ parisino de Baudelaire,
el paseante en la gran ciudad en busca de la "experiencia de la urbe". Pero hay dos paseos en donde por diferentes razones
Kertesz se permite un acercamiento más emotivo al entorno. Uno es por
Auschwitz (en calidad de turista, años después de haber estado allí
como prisionero) y el otro es por Tel Aviv. El primero está
ficcionalizado en el relato "El buscador de huellas". Aparentemente,
este paseo se diferenciaría de lo otros que mencionamos por el hecho de
que el paseante, ya desde el título, "busca" algo. Como lectores,
estamos listos desde el vamos a tomar el regreso de un sobreviviente a
un campo de concentración con total seriedad y dramatismo. En realidad,
la "búsqueda" es un pretexto para un genuino paseo, realizado con
curiosidad y casi con alegría. Aparece aquí una triple ironía: En
primer lugar, Kertesz no menciona en todo el relato la palabra del
millón, Auschwitz. En segundo lugar el relato revela la paradoja del
turismo a los campos. Y en tercer lugar, se exhibe la propia paradoja
de Kertesz, que en Auschwitz se siente -literalmente- en casa. Pero creo que el segundo paseo en el que Kertesz
pierde la distancia intelectual, el paseo por Tel Aviv (incluido en
"Yo, Otro"), es el más interesante desde el punto de vista del
desarrollo de la figura del "paseante Kertesz". Veamos: el escritor
viaja a Israel. En Jerusalém, visitando Mea Sharim bajo la guía de su
amigo Aarón Appelfeld, se siente extranjero. Lo desconciertan los
religiosos y el propio Appelfeld, porque el escritor jerosolimitano,
también sobreviviente y también centroeuropeo, parece sentirse uno más
entre los ultraortodoxos. Kertesz mantiene la distancia y llega a la
conclusión de que él es "un judío diferente". En Tel Aviv, en cambio, el escritor se siente
fascinado por la vida del lugar, por el mar, por el hedonismo. Su tono
cambia: se vuelve más alegre, menos distante. Es la primera vez que
Kertesz parece querer imbuirse del afuera y experimentar el lugar en su
totalidad. Le atraen la gente, el sol, y también la arquitectura en
estilo Bauhaus propia de Tel Aviv. Le gustan las casas cubiculares que
ve por doquier, que destilan un racionalismo antiorientalista muy de su
gusto, y que le recuerdan al barrio de Ujlipotvaros, el distrito de
Budapest de la clase media-alta judía. El paseo de Kertesz por Tel Aviv
no desemboca en ninguna revelación sionista, pero deja un sabor dulce
en el lector judío, y sorprende por su emotividad. Ahora bien: Sin quitarle méritos a Tel Aviv, podemos
preguntarnos por esta emotividad inédita en Kertesz. Como dijimos, el
tono alegre y laudatorio no tiene antecedentes en los diarios del
autor. Parece provenir del simple hecho de que por primera vez Kertesz,
el paseante judío, pasea por una ciudad judía (por la primera ciudad
enteramente judía en dos mil años). Una ciudad cuyos puntos de
orientación no son catedrales, cuyas calles no llevan nombres de santos
cristianos, y donde, si lo quisiera, el propio Kertesz podría residir
legalmente. Él ni siquiera se lo plantea, se sabe de paso. Pero aún
aceptando la transitoriedad de su estadía, es evidente que camina por
Tel Aviv deseando el encuentro, social y sensual. Exactamente al revés
que en Budapest. Este cambio de humor en un escritor judío al pasear
por una ciudad judía, nos lleva a pensar que la relación entre el judío
y la ciudad gentil tal vez no sea mejor que la relación entre el judío
y el gentil propiamente dicho. La ciudad gentil, con su sistema de
signos e instituciones nacionales y religiosas ajenas a los judíos, no
es -como nos gustaría- un lugar simbólicamente "apropiable". La
presencia de una o diez sinagogas no cambia el hecho de que la ciudad
gentil, incluso en su aparente carácter multiforme, tiene una lógica
urbanística y semiótica comunitaria cuyos basamentos últimos son
nacionales y civilizacionales. En el caso de Budapest, la nación es la
nación húngara, y la civilización, la Cristiandad. Creo que Kertesz no ignoraba este hecho, pero había
puesto la suficiente distancia entre él y el mundo que lo rodeaba como
para poder pasear por Buda -el corazón de la sociedad gentil- sin pausa
y sin prisa, utilizando el paisaje para su conveniencia, es decir, para
poder pensar. No intentó crear una cartografía "judía" para Budapest
(conformada quizás por las calles adyacentes a la Sinagoga de la calle
Dohány, en Pest, o hecha de cafés y librerías de viejo). No esperaba
nada de la ciudad gentil, y al salir a pasear, no iba al encuentro de
nadie. Tal vez por eso sus paseos nunca lo frustraban, y terminaron
funcionando como un contrapeso vivificante para su reclusión de escriba
y su aislamiento social. Imre Kertesz paseó por Buda durante cuarenta y cinco
años, después de los cuales, con su obra ya terminada, se fue de paseo
a Tel Aviv por unos días.