Januka
La era de la luz
Por. Rav Abraham Jaim Feuer
Reflexiones sobre la naturaleza de las luces de Janucá.
Se han propuesto muchos nombres para nuestra era progresista en que se han logrado innumerables adelantos y descubrimientos, como por ejemplo, Era Espacial, Atómica, del Jet, entre otros. Sin embargo, nosotros sugeriríamos llamarla Era de la Luz.
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Durante muchos siglos, el hombre estuvo sumido en una cuasiobscuridad. La luz del día permitía a su mirada curiosa indagar a voluntad su alrededor, pero al llegar la noche, sus ojos se cegaban. Sólo lograba dispersar esas tinieblas con fuego, aceite y velas, pero éstos eran medios costosos, malolientes, peligrosos, de corta duración, y con un sinnúmero de desventajas. En esa época, la cera era símbolo de riqueza, el poder iluminarse era un lujo reservado a un grupo privilegiado. Surgieron muchos genios, se crearon grandes obras maestras bajo la tenue luz de la luna.
El ingenio del hombre logró modificar esta situación hace sólo unos cien años con la invención de la ampolleta. Hoy en día, el hombre ya no es ciego, millones de ampolletas le proporcionan la luz necesaria para su existencia. Esta luz artificial está al alcance de todos, incluso aquellos más pobres pueden tenerla. Todo resplandece en esta Era de la Luz.
Esta abundancia de luz es algo a lo que todos se acostumbran y terminan considerándolo natural. Si se evaluara el impacto que tiene la abundancia de luz en el estilo de vida del hombre moderno, éste se mediría probablemente en términos de beneficio para él. Sin embargo, es importante recalcar que la iluminación universal es algo que trasciende un simple beneficio de la tecnología moderna. Es un fenómeno que ha afectado profundamente la mentalidad del hombre. El genio de la lámpara ha alterado en forma decisiva la naturaleza humana con un acto mágico admirable.
El hombre moderno tiene distracción a toda hora. La luz le ha permitido tomar intensamente conciencia de su alrededor. Está fascinado por el mundo que lo rodea y se ha olvidado del complejo cosmos que posee dentro de sí. Este hombre sólo se preocupa de analizar minuciosamente y catalogar cada fragmento de su medio ambiente, descuidando e ignorando su propio ser. Sufre de una soledad que él mismo se ha impuesto.
El hombre primitivo, aquel que vivía en las tinieblas, no tenía todas estas distracciones. Compensaba de otra forma esta falta de sofisticación tecnológica. Como no le era posible ver el mundo exterior, centraba su atención en su mundo interior. Durante las horas que permanecía en la oscuridad no tenía otra actividad que pensar, y por ello se dedicaba a pensar, desarrollaba su propio juicio e identidad. No estaba condenado a sufrir el dolor del aislamiento: por el contrario, tenía la suerte de experimentar los placeres de la soledad.
En busca de la luz del alma humana
Si uno se detiene a mirar profundamente en la oscuridad, verá una luz. Es nuestra luz interior, el espíritu del hombre.
"La vela del Señor es el espíritu del hombre y escudriña lo más recóndito del corazón" (Mishlé - Proverbios - 20:27)
Esto no es mera poesía o palabras vanas. Aquellos que han sentido brillar esa luz interior saben cuan real y significativo es su resplandor. Nos permite conocernos y ver nuestra realidad. Es, sin duda, algo maravilloso.
Nuestros codificadores también reconocen la validez de estos destellos en la oscuridad. El RaMBa"M nos enseña (Hiljot Talmud Tora) que aunque debemos estudiar Tora en todo momento, uno adquiere su mayor sabiduría en la quietud de la noche. El estudio de la Tora es, entre otras cosas, un ejercicio que permite conocernos y superarnos como personas y, por ende, debe ser realizado en una atmósfera nocturna serena.
Treinta y seis, símbolo de luz
Ninguna festividad judía se presta tanto a los desafíos de la Era de la Luz como la fiesta de Janucá, fiesta de las luces. Si tenemos duda sobre cuál luz celebramos, la interior o la exterior, sólo debemos consultar nuestra literatura santa. Allí se nos especifica claramente que esos ocho días celebran esa luz interior, aquella que ilumina el espíritu.
El Rokéaj, Rabino Eliézer de Worms, destacado erudito y autoridad medieval, señaló que durante los ocho días de Janucá se encienden 36 velas. Éstas corresponden a las primeras 36 horas de creación en que un resplandor sobrenatural iluminó el universo. Esta luz espiritual fue muy diferente de la luz que conocemos. Su potencia era demasiado intensa como para satisfacer las necesidades diarias del hombre y, por ello, D's la ocultó después de 36 horas. Sin embargo, esta luz aún existe en la Tora y de ahí el término arameo para Tora, "Oraytá" o "fuente de luz".
Pero nos preguntamos por qué D's creó esa forma de luz si estaba destinada a permanecer oculta. La respuesta a esta interrogante es típicamente judía: más vale tener una luz oculta que ninguna luz, porque aunque esté oculta, esta luz existe y se revelará para todo aquél que realmente luche por encontrarla. Sólo unos pocos lo han logrado, y son los legendarios lamed-vav-niks, las 36 personas virtuosas y justas que se ocultan en toda generación.
En verdad, uno no necesita ser un lamed-vav-nik para descubrir al menos una porción de esta luz; todo aquel que estudie la Tora con sinceridad podrá vislumbrar su resplandor.
Atractivo visual
Todo esto, por supuesto, está relacionado con el tema de Janucá. Pero antes de hablar de Janucá, debemos primero referirnos a la amenaza que originó todo el capítulo de Janucá en nuestra historia: Los griegos y su poderosa civilización. Yaván, el prototipo griego, era hijo de Yéfet, uno de los hijos de Noé, cuya provincia era "yofi", estética y belleza para ser admirada con los ojos (Bereshit 9:27). D's dotó a Yéfet de una habilidad extraordinaria para las artes visuales y las formas diestramente ejecutadas.
Los contornos y formas de las cosas fascinaban a los antiguos griegos. Apreciaban mucho, de acuerdo a su sentido de la belleza, las exquisitas curvas y contornos suavemente esculpidos del cuerpo humano. Se regocijaban con la contemplación de formas y ángulos geométricos precisos y quedaban atónitos ante colosos arquitectónicos simétricos. Adoraban también la belleza verbal. La retórica y el sofismo impresivo gozaban de gran popularidad. Todo esto nos indica que la forma y la apariencia contaban mucho más que el contenido interior. El envoltorio prevalecía por sobre el producto. Y cuando Sócrates comenzó a preocuparse por la substancia, se le ordenó beberse una copa de cicuta.
Los griegos seguían sus ojos, los judíos seguían su espíritu. La Tora nos advierte lo siguiente: "...Y no deberás deambular tras tu corazón ni tras tus ojos" (Bamidbar 15:39). RaSH"I comenta: "Los ojos ven y el corazón siente deseo..." El corazón del hombre está eternamente en pugna: los ojos contra el espíritu, la luz exterior contra la interior. Los ojos engendran el deseo mientras que el espíritu nutre la sustancia. Cada elemento trata de sobrepasar al otro. Y ésta es la pugna del Kulturkampt de Yéfet versus Shem (también hijo de Noé), griegos versus judíos.
Atractivo interior
Hubo una época en que parecía que los conquistadores griegos de Judea iban a salir victoriosos de esta feroz lucha ideológica. Sin embargo, los Jashmonaim, sacerdotes guardianes del santuario sagrado interior, decidieron de repente tomar parte de la lucha y vencieron a los griegos.
La Fiesta de Janucá conmemora su renovación y nueva consagración del Bet Hamikdash (Templo Sagrado). Pero en verdad su mayor objetivo era renovar y volver a consagrar el corazón judío. Tuvieron que desviar la atención del judío de la luz exterior para centrarla una vez más en el resplandor interior. Diseñaron una nueva Menorá (candelabro). Ésta ya no era de oro, como de costumbre, sino estaba hecha con simples barras de metal (Talmud, Tratado Rosh Hashaná 24b). La estética tiene gran importancia dentro de la filosofía de la Tora, siempre y cuando sirva para realzar el espíritu interior. Los griegos enseñaron a los judíos a apreciar un adorno como tal, a aceptar la belleza como un valor independiente. Los Jashmonaim intentaron refutar esta doctrina practicando una vida de estricta simplicidad.
¿Pero por qué eligieron la Menorá para llevar a cabo su propósito? El Talmud incluso pone en duda la necesidad de una Menorá en el Templo: "¿Se necesitaba en verdad para tener luz? (Tenían mucha luz de fuentes naturales.) La luz de la Menorá atestiguaba a todos los pueblos del mundo que el Templo era la morada de D's".
Siglos atrás, antes de la Era de la Luz la gente no la derrochaba. Apagaba rápidamente un fuego que no tuviera una función determinada y el combustible era un bien muy preciado. Al hacer arder la llama de la menorá sin necesitarlas aparentemente para una función específica, se mostraba que no era una luz para proveer iluminación exterior sino para simbolizar la gloria interior inherente a la santidad.
Por ello, se prohíbe usar las velas de Janucá para alumbrar. Así se impide que pierdan su mensaje inicial: hay más de un tipo de luz, tras la luz de los ojos está la del espíritu.
Nuestra era es, sin duda, la era de la estética y del materialismo. Esto es tan evidente que no requiere de mucha elaboración. ¿Cuándo se ha visto antes en la historia que el consumidor se vea inundado de tantos productos tentadores en el mercado y que se gasten millones de dólares en publicidad cuya meta es provocar la "atracción visual"? ¿Cuándo se ha visto antes que el ojo humano esté constantemente expuesto a tantas distracciones en el escenario, la pantalla y la calle? En la Era de la Luz, la luz exterior ha aniquilado la luz interior.
Es hora de reunirse alrededor de las 36 velas de la menorá y de dar a la luz interior la posibilidad de transmitir su penetrante, suave y sutil mensaje.
Artículo extraído de la revista "El Kolel" con autorización de su editor.